PASCUAL
MARQUINA NARRO

(Calatayud,
1873 - Madrid, 1948)
Acunado
por lo recios sones de las jotas de Matevo y Miguel Asso,
cuando la primavera estallaba en las ramas vencidas de
los frutales de Aragón, en la patria chica del
poeta Marcial, junto a la colegiata de Santa María
la Mayor, el 16 de mayo de 1873 nació en Calatayud
(Zaragoza) Pascual Marquina Narro.
Su
padre, director de bandas civiles -dirigió las
de Tobé, Torrella y Unión Bilbilitana- le
aleccionó en el solfeo y a los siete años
ingresó en el Coro de Infantes de la Basílica
del Santo Sepulcro con su primer profesor Ildefonso Pardos,
Maestro de Capilla.
Su
afición desmesurada por la música le hizo
ingresar en la banda Unión Bilbilitana, donde a
los 9 años ya tocaba el flautín. Su constante
aprender le llevó a empezar a componer y a los
quince años escribió su primera obra, un
Osarum para tenor y órgano. Calatayud se fue quedando
pequeña para sus aspiraciones y a los diecisiete
años se trasladó a Daroca para dirigir su
banda. Dos años duró esta formidable experiencia
que puso alas a una inquietud que no cesaba, hasta el
punto de adelantar su reemplazo y marchar a Barcelona
para ingresar en la Banda del Regimiento de Luchana, lo
que le permitió tocar en orquestar y estudiar armonía
y composición con los Maestros Varela, Silvario,
Martínez Soralla y Bonet.
En
1901 se presenta a oposiciones para ingresar en el Cuerpo
de Músicos Mayores del Ejército. Contiende con
treinta y ocho opositores, obtiene el número uno y
la plaza de director de la Banda del Batallón de Zapadores
de Llerena de guarnición en Madrid.
Ha
cumplido uno de sus sueños: llegar a la Capital para
tratar de introducirse en el mundo musical de Madrid; de Barcelona
trae un buen número de obras de todos los géneros,
tiene prisa, voluntad y unas ganas enormes de estrenar; le
advierten de la dificultad que entraña la empresa;
es la misma situación que, cuanto en 1894, Bretón
confió en Albéniz para estrenar alguna obra.
El
Teatro Lirio lo tenían copado Chapí, Fernández
Caballero, Valverde, Chueca... y dos autores jóvenes
que se incorporan en 1901: Amadeo Vives y José Serrano,
el primero con Don Lucas del Cigarral y el valenciano
con La Reina Mora.
Marquina
no se amilana, trabaja sin descanso, lucha y estudia sin horas,
se relaciona con el mundo de la cultura y aparecen los primeros
libretos para musicar... y uno de ellos, titulado La última
copla de Jackson Veyan y Jesús Plaza, gusta a los
famosos Loreto Prado y Enrique Chicote que deciden estrenarlos
en 20 de febrero de 1904 en el Teatro Moderno. La noche del
estreno hay un espectador de excepción entre bastidores
que abraza y felicita a Marquina por el éxito conseguido...
es Ruperto Chapí que le profesa sincera amistad y que
le alentaría hasta la muerte del glorioso autor de
La Revoltosa en 1908. Marquina le profesó un
cariño absoluto toda la vida.
A
partir del éxito de La última copla, Pascual
Marquina colabora con Pablo Luna y Blasco Ibáñez
en Sangre y Arena, con Celestino Roig en El tren
de lujo, con Miguel Mihura y Ricardo González
en El candil del Rey, con Enric Morera en L'hivern,
con Padilla en Sol y caireles, ... así hasta
más de cincuenta zarzuelas, algunas con más
de doscientas representaciones.
Mientras,
siguen naciendo sus obras populares, aquellas que le darían
tanta notoriedad, los pasodobles, pasacalles, mazurcas,
chotis... Las jotas que llevaría siempre en el corazón
y que las haría bailar con marchosería y garbo
abrazadas a un pasodoble.
En
1914, dirigió la Orquesta del Teatro de la Zarzuela,
labor que desarrollaría varias temporadas y en 1916
empuña la batuta para dirigir la Banda de Ingenieros,
de tanto prestigio, que había tenido por directores
a los famosos Eduardo López Juarranz -inolvidable
autor del pasodoble La Giralda- y a Arturo Saco del
Valle, y que alternando con la de Alabarderos actuaban en
la Parada de Palacio. Marquina obtuvo enormes éxitos
nacionales e internacionales con la mencionada agrupación,
lo que vienen a confirmar sus numerosas grabaciones.
Durante
dieciocho años fue director artístico y de
orquesta de la Compañía Gramofónica
La Voz de su Amo. Admirado y querido por cuantos
intérpretes tuvo, grabó con Anselmi, Titta
Rufo, María Galvani, Amelia Galli-Curci, Humberto
Macnez, Cora Raga, Marcos Redondo -que le estrenó
su zarzuela grande Santa María del Mar-, Eduardo
Marcén, Palacios, Emilio Segi-Barba -que estrenó
su himno de la Unión de Radioyentes-, Pastora Imperio
y la Argentinita, que bailó su obra más universal
y rotunda: España Cañí.
Amigo
de los artistas de su época, recordó siempre
con inmenso cariño a los maestros Serrano, Alonso,
Guerrero, Ángel Mingote, que le dedicó el
pasodoble Marquina cantor baturro... En su tertulia del
Café Castilla eran asiduos Jardiel Poncela, Emilio
Carrere -su entrañable amigo por el que sentía
pasión-, José Isbert, el torero Bombita, Nicanor
Villalta...
Vocal
musical del Círculo de Bellas Artes. Representante
de la Sociedad Española de Derecho de Ejecución,
fue junto a Eduardo Marquina, Grichot, Baixader, Bolaños,
Monreal y los franceses Turnie y Delavenne uno de los firmantes
del tratado de incorporación de la Sociedad de Autores
Españoles a las demás sociedades de Europa.
Pero
su pasión más encendida fue Aragón,
donde volvía siempre y al que dedicó páginas
entrañables: Sabiñán, Los
de Ricla, Himno a Daroca, La Marcha de la
Alegría, ¡Viva Calatayud!, ¡Viva
la Jota!... y su último pasodoble en su último
suspiro ¡Viva Aragón que es mi tierra!
Pascual
Marquina falleció en Madrid, el 13 de julio de 1948.
Estaba en posesión de la encomienda de Alfonso XII,
Placa y Cruz de San Hermenegildo, Cruz del Mérito
Militar, Cruz del Rif, de Alfonso XIII y Caballero con Cruz
de la Real Orden Victoria de Inglaterra.
Aragón
no le olvidó y le dedicó calle en Zaragoza
y Calatayud junto con un monumento, original de Juan Cruz
Melero, así como en Villena, y cada primavera cuando
en las ramas vencidas de los frutales se columpia el mes
de mayo, los sones de sus pasodobles acarician el aire
de España con un contrapunto de jota.
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